Sunday, October 28, 2007

Postumamente recordado.


Como un recuerdo muerto en las páginas gastadas y amarillentas del libro que leía en su infancia.
Era su favorito.

Hace años que nadie lo abría.
Se llevaría una gran sorpresa al hojearlo, al ver que aquella flor, que usaba de marcador, aún conservaba su olor, ese olorsito como a primavera que evocaba a esas tardes de juegos en el jardín de su casa.
Adoraba recoger las flores que caían suavemente sobre el pasto, algo húmedo.

Lo cogió y limpió la capa de tierra que cubría su portada, no con ese suave y típico soplido que sale en las películas, sino como normal y ordinariamente la gente limpia sus pertenencias, con la manga del chaleco.

Vio nuevamente el dibujo en su portada y el título que casi no recordaba.
Hojeó rápidamente y con poca dedicación, como buscando algo en específico, hasta que descubrió la flor seca, aquella que aun tenía ese olor a horas de juego y le remembraba sus viejas memorias.
La acercó y deslizó sobre su rostro, suspirando tan hondo como podía.
Luego marcó la página en donde esta descansaba, hace algunos minutos. Cerró el libro y lo volvió a enterrar.

Será póstumamente recordado.

Tuesday, October 23, 2007

Satírica y Neurasténica

Toma un papel y lápiz.
Traza unas líneas con alguna leve intención caligráfica.
Seguro se esmera en ello.
Frunce el ceño. Borra. Arruga el papel. Lo lanza contra la muralla. Cae fuera del papelero.
Y re-escribe nuevamente algunos garabatos.
Repite el mismo acto un sin número de veces.

Al fin, este si!

Dobla el papel, con su, lo que sea que se halle en su interior, por la mitad y luego por la otra mitad.
Lo envuelve delicadamente en un pañuelo que guardaba en su camisa, algo perfumado.
Lo ata con una gran dedicación, para que ninguna palabra escape volando o caiga al suelo, muerta.
Agita su preciado empaque.
Se cubre los ojos con una tela opaca.
Y comienza a apartar al azar, de una en una, cada letra dormida.

Sunday, October 14, 2007

El tesoro perdido.


Tanto trabajo me ha costado mover las manecillas, acomodarlas y engañarme a mi misma sobre mi perdida de tiempo, pero ya estoy aquí.

Y el minutero sigue comiendo minutos que me gustaría retener.

Es tarde. Uno, dos, diez, quince.
Vuelan y se escapan. Desearía detenerlos.

Y veo gente pasar, difuminarse en los pasillos como los segundos entre mis manos.
Comienzo a desesperar.

Jamás fuiste puntual. Jamás fui paciente.

Treinta, cuarenta y cinco, como suma un número más, como huyen lentamente sin poder hacer nada para evitarlo.

Ya estás aquí.
-“Hola, disculpa, es que habííía un taco, ni te imaginas. ¿Llevas mucho rato esperando?”
-“No, llegué hace cinco minutos nomás”-con una sonrisa condescendiente.