
Siempre creí que me observaban, desde lo alto...en esa misma pared y techo.
Todos los años vacacionabamos en la misma casa en el Tabo y a mi siempre me tocaba la misma pieza, directo por el corto pasillo y a la izquierda. Al inicio protesté, pero a mis padres no pareció convencerlos los extraños ruídos que yo dije que escuchaba en esa habitación, está bien, era chica y contaba con una imaginación muy poco creíble. La verdad era que las manchas en la pared, propias de la madera, me aterraban, pero era lo suficientemente agrandada y orgullosa como para no decirle eso a los mayores.
Después de un tiempo dejé de alegar y aquellas caras que formaba con la continuidad de los puntos en las paredes y mi ingenua imaginación, empezaron a convertirse de terribles monstruos a mi mayor entretención en cada verano.
Pasaba horas con la vista pegada a ellas y en cada oportunidad surgía una más o se transformaba una en otra.
Eso fue lo que más extrañé al dejar de ir al Litoral Central, aquella casa, aquel cuarto, aquellas caretas en los muros.
Pero sé que algo de mi quedó inserto en dicha pared, en conjunto con las de otros vacacionantes que me precedían y que al igual que yo, formaban estas figuras en la pared, obsesionadamente, cada verano.