Como un recuerdo muerto en las páginas gastadas y amarillentas del libro que leía en su infancia.
Era su favorito.
Hace años que nadie lo abría.
Se llevaría una gran sorpresa al hojearlo, al ver que aquella flor, que usaba de marcador, aún conservaba su olor, ese olorsito como a primavera que evocaba a esas tardes de juegos en el jardín de su casa.
Adoraba recoger las flores que caían suavemente sobre el pasto, algo húmedo.
Lo cogió y limpió la capa de tierra que cubría su portada, no con ese suave y típico soplido que sale en las películas, sino como normal y ordinariamente la gente limpia sus pertenencias, con la manga del chaleco.
Vio nuevamente el dibujo en su portada y el título que casi no recordaba. Hojeó rápidamente y con poca dedicación, como buscando algo en específico, hasta que descubrió la flor seca, aquella que aun tenía ese olor a horas de juego y le remembraba sus viejas memorias.
La acercó y deslizó sobre su rostro, suspirando tan hondo como podía. Luego marcó la página en donde esta descansaba, hace algunos minutos. Cerró el libro y lo volvió a enterrar.
Será póstumamente recordado.
Toma un papel y lápiz.
Traza unas líneas con alguna leve intención caligráfica.
Seguro se esmera en ello.
Frunce el ceño. Borra. Arruga el papel. Lo lanza contra la muralla. Cae fuera del papelero.
Y re-escribe nuevamente algunos garabatos.
Repite el mismo acto un sin número de veces.
Al fin, este si!
Dobla el papel, con su, lo que sea que se halle en su interior, por la mitad y luego por la otra mitad.
Lo envuelve delicadamente en un pañuelo que guardaba en su camisa, algo perfumado.
Lo ata con una gran dedicación, para que ninguna palabra escape volando o caiga al suelo, muerta.
Agita su preciado empaque.
Se cubre los ojos con una tela opaca.
Y comienza a apartar al azar, de una en una, cada letra dormida.
Tanto trabajo me ha costado mover las manecillas, acomodarlas y engañarme a mi misma sobre mi perdida de tiempo, pero ya estoy aquí.
Y el minutero sigue comiendo minutos que me gustaría retener.
Es tarde. Uno, dos, diez, quince.
Vuelan y se escapan. Desearía detenerlos.
Y veo gente pasar, difuminarse en los pasillos como los segundos entre mis manos.
Comienzo a desesperar.
Jamás fuiste puntual. Jamás fui paciente.
Treinta, cuarenta y cinco, como suma un número más, como huyen lentamente sin poder hacer nada para evitarlo.
Ya estás aquí.
-“Hola, disculpa, es que habííía un taco, ni te imaginas. ¿Llevas mucho rato esperando?”
-“No, llegué hace cinco minutos nomás”-con una sonrisa condescendiente.
Tú hablabas y yo pretendía escucharte, más que oírte... de verdad que lo intentaba, al ver tus muecas... sonaba interesante, tal vez chistoso y prontamente estallaríamos ambas en carcajadas, pero no podía, me distraía con las cosas más cotidianas y sencillas que se te pudieran ocurrir, la verdad, tu relato empezó bastante cursi y típico, en ese momento inició des-atención, más de alguna vez te escuché exactamente lo mismo, cambiando o rotando nombres... jamás serví para ser tu mejor amiga... de nadie.
Tal ves no sea por una excesiva madurez de mi parte y quizás seas tú la que deba escuchar mis babosadas en un futuro, esperemos, distante.
No sé en que momento terminaste de transmitir, lo que haya sido que decías, y hace ya un rato que me mirabas fijamente, como esperando una respuesta.
Insistías como si tu decisión final dependiera de lo, lo que fuera, que yo respondiera.
- Amiga, haz lo que tú creas que es mejor- respondí finalmente con una sonrisa algo condescendiente.
Finalmente logré hilar palabras en una frase coherente... soné bastante cliché, podría haberme esforzado un poco más.
Ella respira aliviada.
- Gracias por escucharme, no sé que haría sin ti, amiga.
Sólo sabía que buscaba algo, en la inmensidad de la selva de cemento, con el sol quemando su nuca, seguía caminando, no importaba, sólo perseguía una idea que ni siquiera podría describir, aún no lo sabía todo, de hecho no sabía nada, era sólo un... un, ¿palpito le llaman?, y ya se hizo tarde, como todos los días cuando oscurece el cielo sin que sea causa de nubes, una vez más, como todos los días él vuelve a su departamento ubicado en alguna zona periférica del gran Santiago, hacia el sector oriente... muchos lo llamarían afortunado. Siempre oía ese tipo de comentarios, “la vida te trata bien, he” a los cuales él respondía con una sonrisa ya gastada, algo actuada, pero sin mala intención... sin duda muchas veces cayó mal por ello... no le causaba gran relevancia.
Entra, besa a su esposa, sonríe a sus hijos, un típico acto de rutina que había aprendido hace ya varios años. Con una familia bien constituida y una buena situación, casi no tenía derecho a alegato.
Se sirvió un trago y salió al balcón de su “hogar”.
Sintió el grito de una mujer, se desesperó, no podía contener las ganas de bajar a ver que sucedía, inconscientemente comenzó a desvestirse de su elegante traje de oficina, ¿qué hacía?, Ya lo empezaba a recordar, lo que al principio le pareció una locura ahora ya era claro y muy lógico.
Saltó desde el balcón, ayudó a la mujer tras su antifaz y nuevamente vestido, subió las escaleras, besó, como hace 10 minutos, a su mujer y se acostó a dormir. Para, en sueños, olvidar todo y para, en la mañana siguiente, seguir buscando incansablemente, eso que tanto buscaba.
Estoy buscando para encontrar las causas de sus respuestas
¿De dónde viene aquel futuro venturoso?
Temo a la verdad de mi mentira utópica
Sigo buscando
No habrán sido engaños de su mente peligrosa?
Busco respuestas a preguntas jamás preguntadas
Están a través de sus ojos, al llegar a su mente
No tendrá alguna piedad al saber que me desmorono al verlos?
Debo correr mientras aún tenga tiempo, ocultarme
O arriesgar lo último que queda de mí para saberlas
Quien sabe si al final me arrepiento,
Y tenga que sostener en mis manos, lágrimas y un silencio que se quiebra
Al hacerme preguntas
¿Dónde se encuentra el futuro afortunado?

Deja abandonar la dulce y amarga huella de tu recuerdo
para poder eximir el deseo de tenerte a mi lado.
Permíteme odiarte y liberarme
acabar con las, casi muertas, esperanzas que construiste en mi.
Déjame comprender que esto no fue más que una ilusión de mi parte.
que jamás existió
que nunca fue más que nada.